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Estrés en docentes: Parte 1. Estrés laboral

Bien conocida como una de las enfermedades más populares del siglo XXI, el estrés es un malestar que no discrimina atacando a personas de todas la edades, géneros y profesiones. Tal como si se tratase de una olla de presión, si el estrés no se libera puede causar grandes estragos a las personas, afectándonos tanto mental, emocional y de manera física también. Es por ello que en las últimas décadas especialistas de muchas ramas han enfatizado en la importancia del estudio de la salud mental de los trabajadores, debido a los resultados que este estado tiene en la productividad motivación, pero ¿cómo se refleja el estrés en la docencia?, demos un vistazo a más profundidad en esta serie de artículos en los que investigaremos el estrés en los docentes.

El estrés laboral en la docencia


Según la RAE (2016) la definición formal de estrés es la siguiente:

estrés. Tensión provocada por situaciones agobiantes que originan reacciones psicosomáticas o trastornos psicológicos a veces graves.

Ya desde la definición se denota la peligrosidad de este trastorno que se suscita al ser cliente frecuente de circunstancias de alta presión. Si bien esta condición afecta a todos, la docencia es una profesión que por su condición altamente social y por sus responsabilidades, se somete a diario a difíciles condiciones laborales y emocionales. Tal como lo comenta Ballenato Prieto (s.f.) “El profesor no trabaja con máquinas o números, sino con personas. Él a su vez también es una persona, con sus dudas, miedos, anhelos, ideales”, y si pensábamos que tan solo lo anterior era motivo suficiente, rebasa lo anterior cuando dice:

Cuanto mayor es su expectativa e implicación con la docencia, más probable es que su ideal docente choque con la realidad de la enseñanza, exponiendole a la frustración y a la sensación del fracaso. Así excelentes docentes que ponen su cerebro y su alma al servicio de la vocación se convierten en víctimas […] del estrés (Ballenato Prieto, s.f.).

Son estas condiciones de trabajo y salud, las mismas que siguen siendo inexploradas por los consejos nacionales de distintos países de nuestro continente, mismas que mas tarde se ven reflejadas en el mismo desempeño de estos actores del proceso de enseñanza-aprendizaje. Ya lo dice la UNESCO:

La interpretación de la docencia como apostolado lleva, implícitamente, un sentido intrínseco de sacrificio y renuncia. Trabajar en condiciones inadecuadas, recorrer enormes distancias hasta su escuela, contar con recursos didácticos rudimentarios, padecer enfermedades derivadas del ejercicio, etc. era parte de lo que estaba (o aún está) dispuesto a aceptar aquel o aquella que decidía optar por la docencia. Disfonía, várices, dolores lumbares, fatiga, han sido y son asumidas como las inevitables “marcas” de la profesión contra las cuales no hay nada que hacer (UNESCO, 2005).

Fuentes del malestar docente

Para  finalizar este primer articulo, recuperaremos algunas fuentes más comunes del malestar docente que Otero y Pérez (2007) recuperan:

  • Inquietud e incertidumbre ante el futuro legislativo. El cambiante marco normativo que en materia educativa se ha producido en los últimos años genera desasosiego en un considerable sector del profesorado, al tiempo que supone un sobreesfuerzo por la adopción de nuevas estrategias de adaptación.
  • Merma del prestigio social. De un tiempo a esta parte la imagen del profesorado se ha ido devaluando. Por un lado, algunas informaciones periodísticas han ofrecido un enfoque conflictivo de los educadores. Por otro, se han debilitado las relaciones entre padres y profesores, hasta el punto de que a veces parece que están enfrentados. Quizá “se han depositado demasiadas expectativas en la escuela olvidando la responsabilidad y el impacto formativo de otras instituciones y se culpa del “fracaso educativo” al profesorado“.
  • Las conductas antisociales de algunos alumnos. Hay casos en los que la situación se vuelve insostenible y algunos profesores que son objeto de desafíos, amenazas y aun agresiones temen ir al centro.
  • El sistema de promoción y la remuneración. Algunos docentes trabajan con contratos precarios y carecen de la mínima estabilidad laboral.
  • Formación psicopedagógica insuficiente. La preparación del profesorado ha de trascender la mera instrucción para convertirse en un proceso humanizador integral, en el que se armonice la ciencia con la ética, el dominio técnico con la capacidad de relación interpersonal.

Aparte de las dificultades y conflictos normales de cualquier persona el docente se enfrenta a un número elevado de alumnos, y a menudo a la desmotivación, desinterés, conflictos y problemas de conducta. Su trabajo no consiste exclusivamente en impartir clase; debe preparar, actualizar conocimientos, corregir exámenes y trabajos, evaluar, atender tutorías y revisiones, reuniones de equipo. La sensación de presión puede verse aumentada por las reformas educativas, la innovación, la educación y la exigencia de “calidad”(Ballenato Prieto, s.f.).

Hay una alerta sobre la urgencia de crear las condiciones necesarias para que los docentes pasen de su rol tradicional de “instrumentalizadores de currículos” a autores y protagonistas como garantía de que las escuelas y las aulas sean los escenarios reales de los cambios educativos. Una tarea urgente, sí, pero nada fácil, si se tiene en cuenta que la sociedad, el sistema educativo siguen reduciendo su labor a tareas de transmisión de información, mediante el estilo frontal de “dictar clases”, encerrados en el espacio del aula, esperando directivas que deben llegar “desde arriba” (UNESCO, 2005).